Cuando el alumnado comienza a trabajar en equipo, en las sesiones de clase de alguna o algunas áreas, es muy posible que conozcan de primera mano lo difícil que es trabajar en equipo.

El maestro o la maestra, o el equipo docente, deberá juzgar cuál es el momento más idóneo para empezar a organizar los equipos, determinando las primeras normas de funcionamiento.

Las normas no se deben imponer desde el principio, ni deben ser dictadas directamente por el profesorado. Más bien se van determinando a medida que surja la necesidad de ello.

  • Uno de los primeros problemas que aparecen, cuando no están acostumbrados a trabajar en equipo, es el ruido y el griterío que se da cuando trabajan varios equipos en la misma aula. Esto obliga al maestro o a la maestra, de vez en cuando, a “gritar” más que ellos para que le oigan y pedirles que, por favor, hablen en voz baja. Suelen hacer caso, pero al cabo de un rato, poco a poco, vuelve a ocurrir lo mismo. Cuando esto sucede, y los propios participantes se dan cuenta de lo bien que trabajan cuando todos hablan en voz baja, y lo difícil que es entenderse dentro de un equipo cuando todos gritan tanto, es el momento de pararse a reflexionar, y frente a este inconveniente, acordar la norma siguiente: «Hablaremos en voz baja para no molestar».
  • Otro hecho muy corriente que causa malestar dentro de un equipo es cuando alguien participa y habla mucho e impone su punto de vista, de modo que los demás apenas pueden participar. Si es así, lo lógico es que el grupo acorde una nueva norma: «Escucharemos el punto de vista de todos». Y determine quién, dentro de cada equipo, se encargará de «moderar la actividad y controlar que las estructuras se apliquen bien, que se sigan todos los pasos».
  • También es muy corriente que el material común, no siendo específicamente de nadie, esté generalmente desordenado y tratado con poco cuidado. En este caso, habrá de hacer notar este hecho y llegar fácilmente a la conclusión de que lo mejor para todos los participantes del grupo éste estuviera siempre a punto y guardado en su sitio. De aquí se deduce otra norma: «Respetaremos el material común del equipo», para lo cual determinaremos quien tendrá, a partir de este momento, la función, dentro de cada equipo, de «tener cuidado del material».
  • Tratándose de grupos heterogéneos en cuanto al grado de autonomía de sus participantes, es muy posible que, dentro de cada equipo, haya algún componente con especiales dificultades a la hora de participar y hacer las actividades. A partir de ahí podemos ayudarles a reflexionar: “Somos un equipo y los distintos equipos del grupo formamos una pequeña comunidad, y todos debemos sentirnos importantes y valorados. Si alguien tiene más dificultades a la hora de hacerlo, todos debemos ayudarle. Por lo tanto, a partir de ahora podríamos tener esta nueva norma: «Todos nos ayudaremos a la hora de participar». Además, dentro de cada equipo, por turnos, alguien tendrá la función de «ayudar a quien lo necesite»”.

Así, sucesivamente, se van determinando normas de funcionamiento y de comportamiento cada vez que surja un “caso” que lo aconseje, y vamos desarrollando la responsabilidad de ejercer una serie de funciones dentro del equipo, para el bien del equipo, para mejorar su funcionamiento, de las cuales todos se benefician.

Por otra parte, si nos hemos puesto unas normas de funcionamiento que, además, regulan el comportamiento colectivo de todos los miembros del grupo, debemos dedicar de vez en cuando un tiempo para revisar hasta qué punto las cumplimos. Se trata de un tiempo destinado a la reflexión, a la autorreflexión en equipo, y de todo el grupo, para identificar lo que hacemos especialmente bien, para felicitarnos mutuamente y celebrarlo si cabe, y para reconocer asimismo lo que nos cuesta más y debemos ir mejorando a partir de aquel momento, para lo cual podremos fijarnos objetivos o compromisos de mejora, personales, de equipo y grupales. De esta forma, los participantes en un programa aprenden a autorregularse como equipo y como grupo.

Referencias bibliográficas:

  • Díaz-Aguado Jalón, M. J. (2005). Aprendizaje cooperativo: hacia una nueva síntesis entre la eficacia docente y la educación en valores. Madrid: Santillana.
  • Ferreiro, R. (2007). Nuevas alternativas de aprendizaje y enseñanza: aprendizaje cooperativo. Alcalá de Guadaira, Sevilla: Editorial Mad.
  • Johnson, D. W., Johnson, R. T., & Holubec, E. J. (1999). El aprendizaje cooperativo en el aula. Buenos Aires: Paidós.
  • Pujolás i Maset, P. (2008). 9 ideas clave: el aprendizaje cooperativo. Barcelona: Graó.